EDITORIAL: Cuestión de libertad y de derechos humanos

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En 2012, la Asamblea General de la ONU designó el 6 de febrero como el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina. Lamentablemente, este problema persiste en más de 30 países en todo el mundo, principalmente en África.

Naciones Unidas lo define como una práctica que implica la alteración o lesión de los genitales femeninos por motivos no médicos y que internacionalmente es reconocida como una violación grave de los derechos humanos, la salud y la integridad de las mujeres y las niñas.

Además de una violación de los derechos humanos, esta práctica puede tener consecuencias muy serias para la salud a corto y largo plazo, incluyendo dolor crónico, infecciones, sangrados, mayor riesgo de transmisión del VIH, ansiedad y depresión, complicaciones durante el parto, infecundidad y, en el peor de los casos, la muerte.

Desde Naciones Unidas se viene trabajando en la erradicación de esta otra pandemia que asola a una parte muy importante de nuestro planeta, ya que se estima que en los próximos diez años dos millones de mujeres y niñas sufrirán una mutilación genital que es un ataque a la libertad y un retroceso en la igualdad que tanto buscamos. La crisis sanitaria del COVID-19 ha hecho que se reduzcan las inversiones que se estaban llevando a cabo con el objetivo de acabar con esta lacra. Pero es fundamental promover su erradicación con esfuerzos coordinados y permanentes en los que tienen que implicarse todas las comunidades para desarrollar programas de concienciación sobre los derechos humanos, la igualdad de género, la educación sexual y la atención a las víctimas de la ablación.

La sociedad no puede mirar para potro lado, y si hace unas fechas se celebraba el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, esta onomástica tiene que servir para que desde el llamado “Primer Mundo” reflexionemos y trabajemos para evitar que sigan produciéndose este tipo de atropellos que, en ocasiones, viven tan lejos de nuestra cotidianidad que no les prestamos la atención suficiente.

El lema con el que este año se ha celebrado este día ha sido «Acelerar la inversión para poner fin a la mutilación genital femenina», un mensaje que incide en la necesidad de invertir en la unión sin inacción mundial y en la financiación para eliminar esta práctica. 

Desde Naciones Unidas han incidido ven hacer “un llamamiento a la comunidad mundial para que reimagine un mundo que permita a las niñas y las mujeres tener voz, elección y control sobre sus propias vidas”. Y en ese llamamiento es vital que la sociedad occidental se vea reflejada en un problema que no es solamente una problema localizado en determinados países, es un compromiso social al que cada uno de nosotros y nosotras debemos darle la fuerza imprescindible para que desaparezca. 

Un estudio realizado por UNFPA, anterior a la epidemia de COVID-19, revela que el costo de prevenir la mutilación genital femenina es de poco más de 83 euros por niña, una cantidad insignificante si el resultado es devolver la libertad y los derechos humanos, porque una de cada cuatro niñas y mujeres víctimas, unas 52 millones en todo el mundo, sufrieron la mutilación genital por parte del personal sanitario, una tendencia alarmante en la medicalización de lesta práctica.

En 1992, la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW) incorporó el término «mutilación genital como parte de un conjunto de prácticas perpetuadas por la cultura y la tradición que son perjudiciales para la salud de las mujeres y las niñas”. Esta práctica ancestral es un ejercicio de pertenencia étnica y de género que se realiza con la convicción de ser beneficiosa, “puesto que permite a las niñas entrar a la edad adulta y ser mujeres respetables para la comunidad”. Es por este motivo que el problema debe tratarse desde el máximo cuidado y con la educación pertinente, desarrollando valores tradicionales positivos que contribuyan a eliminar el riesgo de millones de niñas a padecer daños físicos, psíquicos y sexuales.

Jaha Dukureh, Embajadora Regional de Buena Voluntad de ONU Mujeres para África, declaró en 2028 que “mi historia comienza cuando tenía una semana de nacida y me sometieron a la Mutilación Genital Femenina. No recuerdo nada del proceso, y no supe nada hasta los 15 años, cuando me forzaron a casarme. Llegué a la ciudad de Nueva York el día de Navidad, con 15 años, para casarme con un hombre a quien no conocía. Creo que casarse a una edad temprana es lo más difícil que le puede pasar a una niña. Cuando se fuerza a una muchacha a casarse, se le otorga a un hombre el derecho a violarla día tras día”. Sigamos luchando por la libertad y por la igualdad de mujeres y niñas.

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