EDITORIAL: Patriotismo de hojalata

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La bandera, el escudo o el himno son las tres principales características de la simbología de un país, y es evidente que en España la derecha extrema y la extrema derecha hace tiempo que no lo entienden así, hace tiempo que entienden que forman parte de su simbología, y como tal intentan arrojarlas contra cualquier ideología política que no secunde sus dogmas. Este argumento se basa, principalmente, en el uso que partidos como el Partido Popular o, básicamente, VOX hacen de estos símbolos, utilizándolos como algo propio en cualquier tipo de manifestación para protestar contra el Gobierno progresista. Tanto VOX como PP, y también Ciudadanos, tratan de hacer apología de una bandera y unos signos que, no olvidemos, pertenecen a todos los ciudadanos. 

Históricamente, la derecha de este país trata de saciarse de patria, de bandera y de la propiedad de todo aquello que tenga que ver con España, y lo hacen con insistencia, con ahínco, sin desfallecer. La propia alcaldesa de Aranjuez, María José Martínez, antepone la adoración a la bandera de España pasando por encima de celebraciones como el Día de la Bicicleta, que promueve valores tan importantes y determinantes para un país como la convivencia, el respecto o la concienciación. “Que nadie eclipse la bandera, tenemos que hacer patria y escenificarlo con vehemencia”. Podría ser, perfectamente, un lema de la extrema derecha y la derecha extrema, con cierto aroma a alcanfor que parece predominar en las vestimentas de algunos de estos exponentes. 

Porque la patria es otra cosa, la patria es el respeto, la solidaridad, los valores, ejes fundamentales de una sociedad cívica que debe construir su futuro cumpliendo sus obligaciones y tendiendo la mano al que lo necesita, algo que no suelen pregonar ni PP, ni Ciudadanos ni, sobre todo, VOX. Y si no, que se lo pregunten a los refugiados que huyen de conflictos en sus países a los que la derecha de Aranjuez nunca ha abierto las puertas, a pesar de que esta ciudad es Ciudad Refugio. 

“Sólo puede haber amor a la patria donde el pueblo es artífice de sus leyes y de su política». Son palabras de Juan Pablo Forner, dibujante español del siglo XVIII, a las que habría que añadir, sin tapujos, que ese amor a la patria también se demuestra haciendo frente al pago de impuestos, a no deteriorar las arcas públicas y a garantizar el sostenimiento de una ciudad y un país. Y ahí el PP no hace patria, es más, enarbola otra bandera, la de la corrupción y el fraude. No obstante ha sido el primer partido político en la historia de la democracia española en ser condenado como entidad jurídica en un caso de corrupción. Tampoco ‘chiringuitos’, como a ellos mismos les gusta denominar, como el de Abascal o, más recientemente, el de Toni Cantó ayudan a hacer patria, más bien deterioran esa misma democracia de la que también pretenden hacer bandera. 

Y en ese impago de impuestos hay que detenerse en Aranjuez, con un claro caso en las filas de VOX, cuyo hoy concejal y antes cargo de confianza, Gómez Vico, atesoró una deuda con los ciudadanos de esta ciudad, llegando a declararse como fallido ante la imposibilidad de ser localizado para reclamarle sus obligaciones. Hoy, con el consentimiento de María José Martínez, seguimos sin saber si esa deuda está saldada o sigue a salvaguarda en algún cajón del Ayuntamiento. Todo esto, debe entender Martínez, se pasa izando la bandera.

La derecha trata de que cale el mensaje de que la izquierda quiere acabar con la unidad de España, intentan colocar un mensaje a la desesperada para regresar al poder, un poder que suele utilizar para debilitar los servicios públicos, algo que, lamentablemente, es fácil de constatar si observamos las políticas que lleva años emprendiendo el PP en Madrid, con sistemáticos recortes en Sanidad y Educación que en nada benefician a lo que debería entenderse como patria. Utilizar la bandera y la simbología de un país aprovechando una situación de crisis sanitaria como la que estamos viviendo no obedece más que a una política sin escrúpulos que podría definirse como vil ruin e infame.

Juan Gavasa, en eldiario.es, afirma que “la bandera, más allá de la representación oficial del país, es un concepto abstracto y, por lo tanto, irracional. No cabe apelar a ordenamientos jurídicos cuando se trata de asimilar su representatividad a la idea siempre subjetiva e íntima de la patria. Por eso las banderas deberían ser un elemento aséptico de la identidad nacional para que nadie pudiera sentirse extraviado bajo su cobijo o, por el contrario, para que nadie tuviera la tentación de atribuirle unos determinados valores que forzaran una uniformidad excluyente”. Que la derecha se aplique el cuento y deje de presumir de un patriotismo de hojalata.

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